Más conectados que nunca.
Y más solos.
Llevamos miles de contactos en el bolsillo. Deslizamos cientos de perfiles en minutos. Las plataformas miden engagement, retención, tiempo de sesión. Por cualquier métrica posible, nunca habíamos estado tan conectados.
Y sin embargo, la sensación que persiste en la mayoría de las personas no es abundancia. Es una forma particular de soledad que solo existe cuando estás rodeado de gente: la de estar presente sin resonar, relacionado sin pertenecer.
La paradoja no es que la tecnología fallara en conectarnos. Es que tuvo un éxito extraordinario en una cosa que nunca fue suficiente: acercarnos. Sin entender si valía la pena.